OBRAS ANTERIORES

Las Pericas, según Havanafama

 Habey Hechavarría Prado

 

La semana pasada, con la presentación de la obra Las Pericas, bajo la concepción de Juan Roca y su compañía Havanafama, los predios de la agrupación teatral ArtSpoken Performing Arts Center devolvieron a nuestra cartelera, al menos por un día y antes de partir hacia New York, una de las mejores propuestas artísticas del teatro miamense durante el año 2014.

Seguramente el remozamiento general y la adaptación al nuevo espacio terminaron por reforzar los encantos de la pieza cruel, absurda y expresionista que concibió el dramaturgo cubano Nelson Dorr en su primerísima juventud, hace más de 50 años. Como recurso medular de la representación, valga distinguir la ejecución eficaz de un antiguo mecanismo válido para las dramaturgias escrita, escénica y cinematográfica. Un suspense bien llevado de principio a fin nos recuerda que el mejor relato es poca cosa sin una buena narración. Ese juego entre el enunciado y la enunciación, en realidad, constituye el principio de calidad y extraña belleza de la escenificación. El resultado es un discurso esperpéntico, sazonado por la estrategia kitsch y la fragmentación narrativa que se integran en un único empeño épico, de humor negro e increíblemente lírico, a pesar de la intención antiestética de su factura.

Pues al enfocarse en seres desechables, típicos marginados en la llamada “cultura del descarte”, como las viejas hermanas de la obra que, no obstante, activan sus propias zonas para la humillación y el desprecio mutuos, estos personajes, que podrían presumirse deleznables, adquieren una connotación simbólica. De igual modo, los materiales y elementos de la ambientación -que ayudaron a prescindir de la escenografía-, y los del vestuario indican la basura que inunda el espacio y cubre el cuerpo de los actores. Pedazos de papel periódico atiborrado de publicidad saturan la pared de fondo y el suelo, mientras los trajes, hechos con bolsas de plástico muy parecidas a las que recogen nuestras compras de supermercado y nuestros desechos, incluyen chapas, trozos de lata, tapas de pomos y otros objetos indescifrables que arrojamos aun cuando todavía no hemos consumido sus contenidos. Sin embargo, el resultado visual ejerce una coherente e incómoda seducción, equivalente a la perversidad y fragilidad de los personajes que David Ponce, Izzy Martínez, Isaniel Rojas y Alejandro Gil defendieron con sagacidad, buen gusto y balance interpretativo.

El espesor dramatúrgico de esta visualidad al completo servicio del argumento, más el ritmo, la música, la coreografía, la gestualidad estilizada y los constantes desplazamientos fraguan una imagen, cuya sencillez y hondura rebozan excelencia. Dentro de ese ordenamiento destaca la intrepidez específica del diseño de maquillaje concebido por Adela Prado que expresa la naturaleza deforme y compulsiva de personajes que son humanos, clowns y pájaros a un tiempo. El nivel de elaboración intelectual del diseño integral demuestra la altura profesional que, de cuando en vez, alcanza el teatro hispano de la ciudad.

Pero lo que más impactó a este cronista fue la idea central sutilmente hilvanada en torno a la trivialidad del mal, incluso en franca coincidencia con el pensamiento de Hanna Arendt. Esta filósofa judía alemana conjeturaba su reflexión no a partir de los campos nazis de exterminio sino de la simple maldad cotidiana, eventos casi imperceptibles que pasan por normales hasta que promueven las peores pesadillas. Este planteamiento poderoso parece anidar en la presente lectura de Las Pericas. Cuando el maltrato hacia los discriminados, los excluidos o los más débiles se funde con díscolos propósitos entre las brumas del terror, el crimen y todo lo peor de la condición humana carecen de momento fijo para aflorar con un ímpetu horrible. 

Las pericas: despliega sobriedad y geometría

 

MAYRA MARRERO

ESPECIAL/EL NUEVO HERALD

 

En abril de 1961 Nicolás Dorr estrenó en laHabana Las pericas, una obra que se apartó del estilo de la dramaturgia cubana de entonces. Cincuenta y tres años más tarde en La Pequeña Habana, Havanafama y su director, Juan Roca, apostaron por la excelencia del texto de esta obra que se distinguió por su rareza, y se apropiaron de él convirtiéndolo en el plato fuerte de su temporada de

primavera.

La obra en un acto cuenta la relación de cuatrohermanas ancianas y los abusos a que someten a su hermana menor, quien decide poner fin a la situación de una manera sorprendente. La música es un elemento esencial y, paradójicamente, distanciante, que fluye desde la grandilocuencia de la ópera hasta la elocuencia narrativa del reggaetón compuesto para esta representación.

El escenario se descubre en diferentes niveles. Tres tazas crean un punto focal en la escena y, en el foro, cuatro mujeres visten enormes faldas elaboradas a base de recortes de periódico y revistas, y se adornan la cabeza con pelucas de nailon. El uso de material reciclable en la confección del vestuario es aquí un excelente proceso creativo que enriquece la escena con un lenguaje visual muy elaborado. El responsable de este extraordinario diseño y elaboración es Angel Lucena, quien con este trabajo se consagra como un diseñador y realizador imprescindible en la escena de Miami.

Las pericas no puede definirse con un solo adjetivo, es una farsa donde predomina el surrealismo y elhumor negro cubano. Roca aprovecha esta libertad que le confiere un texto surrealista y lo traduce en una puesta que despliega sobriedad y geometría en los movimientos coreográficos de sus actores. A pesar de que Roca nos tiene acostumbrados a que actores hombres interpreten personajes femeninos, en este trabajo en particular, esta característica distintiva enriquece aun más el texto y realza en cierto sentido lo bufonesco y satírico.

Los actores, Angel Lucena, Izzy Martínez, Alejandro Gil y Diego Moreno, se transforman en Panchita, Felina, Rosita y Serafina con profesionalismo y cuidada gestualidad, ayudados por el magníficomaquillaje de Adela Prado, que reafirma la grotesca emocionalidad de los personajes. En el monólogo de Panchita el texto se extiende demasiado, haciendo la escena interminable y repetitiva, a pesar del esfuerzo físico y la madurez actoral con que Lucena describe su personaje. Moreno necesita encontrar el tono de su Serafina, porque por momentos baja y se pierde en instantes dentro del cuerpo del actor. Sin embargo, la fuerte carga estética y lúdica que el director propone en esta nueva versión de Las pericas reafirma que en este proyecto la escena se ha convertido en un espacio de intervenciones y experimentos que se traducen en la relación que se establece entre texto, música y representación.

La noche del estreno reservó la sorpresa de contar en el público con Nancy Fernández Novo, una de las actrices que interpretó Las pericas en su estreno mundial. • 

 

El último bolero o la nostalgia del exilio

 

 

Por Waldo González López –www.TeatroenMiami.com

Fotos: Alfredo Armas

 

PRIMER TIEMPO

La voz del trovador Carlos Varela se deja escuchar en una de sus tristes/nostálgicas canciones: «Foto de familia», evocadora del largo y penoso drama de dolor y saudade, por la separación de miles de cubanos de las dos orillas, interminable trecho que circunda —sangre y dolor mediante— la tragedia de la separación (¿aún insoluble?) entre la comunidad cubana en Miami y la residente en la oprimida Isla.

   “El perdón no tiene edad”, le dice a su hija la madre enferma de cáncer, Sofía (Belkis Proenza), recién llegada a La Habana desde Miami (de la que regresa para una breve visita familiar a la Isla); pero le refuta Beatriz (Yani Martín): “Lo que no tiene edad es la culpa”.

   El reencuentro de ambas es el intríngulis de la icónica obra El último bolero (1998), de Cristina Rebull, que con notable éxito inauguró, el pasado fin de semana, la primera edición del Festival de la Escena Gay, Miami 2014, en la Casa del TÉatro.

ENTREACTO

Desde su inesperado, pero bien acogido estreno, en La Habana de 1998 (con la interpretación de la propia Cristina y la emblemática Verónica Lynn, Premio Nacional de Teatro), la obra ha sido y continúa siendo un éxito de cartelera, como bien se corroborara, tras su recorrido por la Isla entre 1998 y 1999, su enorme periplo de cerca de 300 representaciones en Barcelona, Quito, Guayaquil, New York y Miami, donde la estrenaría el grupo Havanafama bajo la dirección de Juan Roca y la Compañía La Ma Teodora que, promovida por Alberto Sarraín, realizó tres funciones.

   Mas, mucho antes, en La Habana de 1998, tras leerla, asistir a un ensayo y disfrutar su estreno, la incluí en mi selección antológica Cinco obras en un acto. Teatro cubano de fin de siglo que publiqué, en 2001, por la Editorial Letras Cubanas.

   Por cierto, gracias a la aparición de este volumen, se recuperó la prestigiosa Colección Repertorio Teatral que —iniciada casi dos décadas atrás con un clásico de la dramaturgia nacional: Contigo pan y cebolla, del fallecido autor, director y actor Héctor Quintero, luego Premio Nacional de Teatro— también había desaparecido por los desastres de la caída del Muro de Berlín y sus inmediatas consecuencias para la vida cubana de los ‘90.   

   Con el título que seleccioné para el libro, rendí el póstumo y necesario homenaje a mi colegamigo, el historiador y crítico Rine Leal y su antología Teatro cubano en un acto, publicada por las no menos antológicas Ediciones R, en La Habana de 1963, como remarqué en mi prólogo de ese volumen: «Un teatro original».

 

SEGUNDO TIEMPO

En esta ocasión, para el nuevo montaje a propósito del Primer  Festival Internacional de la Escena Gay, el laborioso Juan Roca realizó cambios no solo con las actrices, sino también otros que muy bien funcionan, como la solución de teatro arena, con las intérpretes desarrollando la acción a lo largo de la sala y frente a los espectadores, óptimo recurso que ofrece a la puesta una peculiar intimidad, ya que involucra al público en la trama.  

   Asimismo, Roca le ha otorgado mayor carga simbólica a la acción de la madre, quien recoge los diarios Granma del piso para echarlos a la basura, y la hija los reacomoda en una sugerida coreografía, como cuando en otra escena, ambas sugieren los movimientos de un guaguancó, mientras se cruzan mutuas acusaciones.

   No menos eficiente resulta la alegoría del barco navegando, realizada por Betty, quien, como un niño, imita la acción con un barco de papel, tal el persistente sonido de las olas, evocando la ya lejana partida del hijo y la madre, y el consiguiente abandono de la hija.  

   Estos cambios le otorgan al montaje una peculiar riqueza expresiva que, apoyada por la antitética dupla dramatismo VS humor, evita el temible melodrama, pues la risa, en oportunas apariciones, salva y enriquece pieza y puesta, con humanismo, gracias a las excelentes interpretaciones de Belkis y Yani, cuyos contenidos desempeños alcanzan intensidad.

   Asimismo, proveen de humor a la puesta, las constantes llamadas desde Miami del hijo y de la hipocondriaca Blanca Carrasco: funcionan como válidos anticlímax, como cuando Betty le revela su ignorado homosexualismo, mantenido con la amiga psicóloga Georgina (“Goya”).  

La madre siempre ha tenido como preferido a Oscarito, el hijo gay, tras el que ella partió cuando él salió rumbo a Miami en la diáspora del Mariel, cuando miles de cubanos se lanzaron huyendo del fracaso socialista de la Isla.

   Dolida con la madre —quien ahora trata de ocultar su predilección por el hijo, olvidándose de la postergada hija—, la hija le refuta con razón: “Para Oscarito, yo debía estar muerta.”     

   Odios y rencores se entrecruzan como espadas en este ring dialógico, del que se extrae, en particular, una sentenciosa verdad: “El peor exilio es del alma”, tal asevera la ahora dolida madre, Sofía, quien ha venido a despedirse de la hija, Betty, pues el cáncer le aproxima su final.    

   En conclusión, creo muy buena la idea de iniciar el evento con la talentosa puesta de la pieza, poseedora de altos valores humanos y dramatúrgicos, tal se ha constatado a lo largo de tantas representaciones en distantes ciudades y ante cientos de distintos públicos. 

 

 

 

 

 

 

 

 

Havanafama es la casa de Bernarda

   Ena Columbié 

 

 

El humo nubloso trae recuerdos de los campos de la España rancia. Cuando comienza a despejarse la densa capa, salta Lorca ennegrecido por la noche y los ropajes de las hijas de Bernarda…

 

Así comienza una de las mejores adaptaciones que he presenciado del clásico La Casa de Bernarda Alba (1936). Con mucha humildad y escases de recursos, como si fuera arrancada de la intención de su autor, el actor y director del Teatro Havanafama Juan Roca, logra con inteligencia, armar una puesta en escena de actores hombres, memorable.

 

Las diez personas que vimos la obra este viernes (incluyendo un norteamericano que no habla español), salimos muy complacidas, escuché expresiones tales como, “diferente”, “interesante”, “sorprendente”, “distinta”, sin embargo, yo me iría más al extremo y diría que es una pieza única y me remito a las pruebas.

 

Bernarda ––nótese que hablo de la adaptación de Juan Roca–– está sustentada sobre los preceptos del Teatro Clásico Griego, de representar una historia frente a una audiencia, en la cual se mezclan elementos del discurso, escenografía, música y gestualidad; también está afianzada en el Teatro Clásico Español polimétrico del Siglos de Oro ––sobre todo de Lope de Vega––que rompe con los componentes de acción, estilo, lugar y tiempo, y mezcla lo trágico con lo cómico. Fue una feliz idea de Roca, el introducir al personaje de María Josefa la madre de Bernarda,representada por Paut William, de esta forma el director encaja frescura y relajamiento, pero sobre todo la poesía en su esencia pura, insoslayables en cualquier teatro lorquiano, como también ineludible son, la conjugación de los mitos, los problemas humanos, la represión, la intolerancia…

 

Del teatro Kabuki y específicamente de Ichikawa Danjuro, Roca abraza la pose teatral pintoresca Mie, y el maquillaje Kumadori, igual a una máscara, que sobre una base blanca realza o exagera las líneas faciales para producir un efecto dramático. Creo el empeño del director en adoptar estas y otras características del teatro asiático están más en el ánimo de universalizar las expresiones que de esconder el género interpretativo, fíjese lector que los elementos que les voy desglosando, todos, han pasado a formar parte del canon teatral. Por último quiero referirme a elementos que no puede haber sido incluidos como casualidad, y que provienen del nō o noh, tipo de drama lírico japonés que tuvo su mayor apogeo en el siglo XVII. El Nō es la contrapartida del Kabuki, es un drama aristocrático, que la mayoría de las veces se representa rodeado de público por todos los lados del espacio que utilizan como escenario, no posee telón de fondo y son muy escasos los decorados escenográficos. Es un teatro elitista en el que el lenguaje está muy elaborado y su estilo es tan fuerte que influyó en las formas dramáticas del Kabuki y el Butō. Característica única es el uso de máscaras distintivas para representar personajes no humanos, divinos o demoniacos, y también animales. ¿Acaso hay alguna alegoría con el fauno fálico y sicodélico de Bernarda?  Aplaudible si la hubiera, ya que nos regaló una de las mejores escenas de la obra.

 

 

Podría seguir hablando largamente de las características de esta joya creada por Juan Roca, que también cuenta con un audio impecable y una música cuidadosamente escogida, pero prefiero que el espectador igualmente saque agua de la fuente. Ahora me enfocaré en las actuaciones, dondehay mucha tela de donde cortar.

 

Roberto Antínoo es Bernarda, una grandiosa, imponente y soberbia matrona, que a Lorca le hubiera encantado disfrutar. Isaniel Rojas es La Poncia, un personaje bien representado, pero sobreactuado por momentos, tal vez si Rojas se permitiera ubicar el personaje más en su casta de ama de llaves, le daría la suavidad, el fluir bajo que necesita, no obstante a mantener el rigor alcanzado, no hay dudas del talento de este actor que es también el perfecto fauno fálico y sicodélico. Fernando Vieira, es Adela, por ser tan importante, es el personaje que más se debieran seguir trabajando. Al joven y bello Vieira nada le falta para lograr la perfección de una Adela única y personal, pero primeramente lorquiana. Tiene el talento y las características físicas propias para su personaje, pero algo falta. ¿Será frescura o desenfado lo que necesita? Creo que ambas. George Riverón es Martirio. Otro de los grandes aciertos de Roca fue escoger a Riverón para este personaje oscuro y complicado, lleno de matices, que va del amor al odio con la misma ligereza con que se desplaza en escena sin salirse de su tormentoso ser, ni abandonar su giba ni un instante. Martirio es jorobada, amargada y acomplejada, en escena se siente su enojo e irritación, la acompaña un constante rictus de inconformidad que Riverón ha asumido magistralmente. El resto del elenco son Angustias interpretado por Joel Rod quien tuvo una noche fatal con una toz insistente que no le dejaba desarrollar bien su papel, Magdalena es llevada sin grandes trazos porErnesto Jam y Amelia interpretada por un José Bordas al que todavía se le salen los amaneramientos masculinos con demasiada notoriedad.

 

Hay momentos de gloria a lo largo de la presentación, son muchos y por ellos es grande la puesta, pero hay uno en específico que resulta significativo y un homenaje a la mujer, al final aparece Adela crucificada en los maderos, regalándole al público una imagen de múltiple lectura, y que a mi entender es otros de los magnos pasos en la reivindicación de la hembra. El mismo humo nubloso se lleva a Lorca y nos devuelve a la realidad que ya no será la misma, porque el espectador ha incorporado esta experiencia a sus recuerdos.

 

 

Lo que resulta un insulto, es que la gran generalidad de las personas se pasen todo el tiempo repitiendo como eco, que en Miami no hay nada que ver o hacer, y sin embargo, esta obra que es digna de ser representada en los más exigentes teatros del mundo, hace sus presentaciones con menos de la mitad de los espectadores, sobre todo los viernes, lo que ha llevado a que la obra sea expuesta solo los domingos a partir de esta semana a las 6.00 pm. Si realmente quiere usted ver buen teatro, culto y de calidad, no deje de acercarse a Havanafama(752 SW 10 Ave, Miami, 33131 Florida. Phone (786) 319-1716), estoy segura que me agradecerán la sugerencia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Dulces compañías en Havanafama 
Por Luis de la Paz 

Mujeres y hombres acuden a un parque de una ciudad buscando compañía para saciar por un rato su soledad. El encuentro genera dinero para uno, y resulta en satisfacción física para el otro. A la postre, la desolación y la aridez de las acometidas sexuales, conducen aún más al aislamiento y la incomunicación, generando, además, violencia. Este es el tema de Dulces compañías, obra del dramaturgo mexicano Oscar Liera (1946-1990), en versión de Maikel Chávez, una producción de Havanafama Teatro Estudio, bajo la dirección de Juan Roca. 

Chávez y Roca han trabajado sobre el texto de Liera con inteligencia, logrando una puesta dinámica, atrevida y sorprendente. En el mismo vestíbulo del teatro, donde normalmente el público aguarda a que abra la sala, transcurre la primera parte de la obra. Nora, (personaje que asume con eficacia la actriz Myriam Amanda), maquilladora del teatro, hace su entrada acompañada de un joven que recogió en el parque (papel interpretado con rigor y fuerza por Isaniel Rojas), pero el flirteo no resulta lo que ella espera. 

La relación entre los personajes va conduciendo a situaciones extremas. Nora descubre que el joven es más que un prostituto en busca de unos dólares para comprar drogas. A medida que avanza la pieza, se van revelando los intersticios de cada personalidad. Dora es una mujer que estuvo casada, dice odiar a los hijos y gustar de recoger muchachos, “a veces dos o tres”. La actriz perfila bien su personaje, incrementando su energía, posesionándose de ella el miedo, casi hasta el delirio. Aunque el desenlace de esta pieza se puede predecir, eso no disminuye el interés del espectador, pues el trasfondo emocional y los problemas que afronta el prostituto, intensifican la trama. Quizás la clave de esta primera parte esté en los recuerdos del personaje masculino, en sus largos años en un orfelinato, con su entorno miserable, y la constante amenaza de los curas que le advertían: “No puedes meterte con esas mujeres [las prostitutas] porque alguna de ellas puede ser tu madre”. Tal vez como justificación, expresa el actor masculino: “jamás me podré meter en la cama contigo, con las mujeres no puedo”. 

La segunda parte de Divinas compañías tiene como protagonista al mismo prostituto, recogido también en el parque citadino, y como víctima a un actor, que lo lleva al teatro, recién reabierto tras “una catástrofe que ocurrió con la maquillista”. La atmósfera y el ambiente de violencia (más verbal y sicológica que física), marca también el ritmo de esta segunda parte, donde el actor Dennis Mencia, que hace de un homosexual también necesitado de compañía, desarrolla con efectiva intensidad las distintas facetas de su personaje. 

En esta propuesta el peso lo lleva el texto y la asfixiante sordidez de los distintos personajes, todos, de una forma u otra, marginales y víctimas de la soledad. El juego actoral, en medio de una atmósfera sofocante, el ambiente de acoso y aislamiento que crea Alejandro Galindo con la escenografía y la semioscuridad, en medio de canciones de Chavela Vargas, crean las condiciones para una puesta sorprendente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA CHUNGA HAS TEETH

WRITTEN BY: MIA LEONIN

ARTICLE RATING

In Havanafama’s rendition of Mario Vargas Llosa’s La Chunga, director Juan Roca utilizes music, movement, and moments of dance to imbue the play with a distinctively Miami aesthetic. In a hardscrabble, coastal town in the North of Peru, four men play dice, gamble, and drink under the impervious gaze of la Chunga, the bar’s owner, played by Ivette Kellems. The drama is set into motion when one of the men asks la Chunga what happened the night she spent with the young nubile Mechita. The story goes that Mechita’s boyfriend, Josefino, lost all his money gambling, and la Chunga offered to pay off his debit in exchange for one night alone with Mechita. After their mysterious nocturnal encounter, Mechita was never seen again. The play is comprised of a series of scenes that imagine what could have taken place that night between the two women, but also who among the men might have caused Mechita’s disappearance. The result is a gripping drama that is part gritty erotic fantasy and part psychological nightmare. Although La Chunga is about one woman’s attraction for another woman, it is even more so a psychological journey into male misogyny and how women survive it. Sitting in a wooden rocking chair upstage from the men, Kellems strikes a potent figure from the play’s first few seconds until the very end. The glare in her dark eyes and the hard lines of her strong features appear to be carved from granite and so does her heart; however, she is refreshingly honest with Mechita about her attraction for her and her certitude that Mechita’s life will end in shambles if she stays with the abusive macho, Josefino (portrayed wickedly well by Isaniel Rojas).  Kellems is excellent as la Chunga. Although she experiences strong emotions such as lust and rage, she never completely abandons her character’s impenetrable stoicism, except in one disturbing confrontation between la Chunga and Josefino where we are painfully reminded of her vulnerability as a woman. Kellem’s outstanding performance is the heart and soul of La Chunga. Directing La Chunga with an intimate understanding of the text, Juan Roca draws out every ounce of visceral power these actors have to offer. Interestingly, he also uses movement to create a cinematic affect. While Mechita and la Chunga are up stage, the four actors around the table pantomime their drunken stupor to maintain the seedy, hole-in-the-wall sense of place. Mechita, played by the talented Tamara Melian, does a very explicit table dance for the four men. As the table turns, she undulates and dips, transforming herself into the object of each man’s desire. Melian does an excellent job of giving Mechita a glamour and naiveté reminiscent of the silver screen stars of the ‘30s and ‘40s, but she also reveals Mechita’s cunning and street smarts. Invited artist Julie De Granfy periodically shuffles across the stage and sings a sad bolero. This is another one of Roca’s aesthetic touches and her ghostlike presence infuses the play with an eerie sense of melancholy.  In a less astute production it would be easy to overemphasize the erotic encounter between the two women and forget that the play exists in an underworld where women are forced into prostitution and men die in knife fights. Havanafama’s production holds true to Vargas Llosa’s vision and the result is a powerful production. La Chunga runs Saturdays at 8:30 and Sundays at 6:00 p.m. until Dec. 15 at the Compañía Teatral Havanafama, 752 S.W. 10 Ave. , Miami; tickets are $20. For more information and reservations, call 786-319-1716.

 

 

 

 

 

 

 

 

La Cenicienta llega de La Habana

 ARTURO ARIAS-POLO

AARIAS-POLO@ELNUEVOHERALD.COM

A siete años de su estreno La Cenicienta en Hialeah regresa al escenario de Havanafama para iniciar temporada a partir del sábado 7 de junio.

El musical de Roberto Antínoo, dirigido por Juan Roca, cuenta la historia de una joven balsera cubana que se instala en la casa de su padre sin imaginarse que, tras la muerte de este, su vida se tornará un infierno. Como en el famoso cuento de Perrault, su madrastra y sus hermanastras le harán la vida imposible hasta que aparece un “príncipe” muy especial que la hará feliz… en “la Ciudad que Progresa”.

La obra cuenta con las actuaciones de Ana Lydia Méndez, Tamara Melián, Izzy Martínez, Alejandro Gil, Damaris Ríos, Lionel Mezzanotte, Barby Ganesh y Angel Lucena.

El papel de Cenicienta recayó en la actriz y cantante Ana Hechavarría, de 23 años, quien hace su debut en Miami a pocos meses de llegar desde La Habana.

Hechavarría es graduada del Instituto Superior de Arte y del Conservatorio Amadeo Roldán. Durante su vida profesional en la isla perteneció a los grupos Pálpito y El Público.

Julie de Grandy escribió las canciones y asumió la dirección musical del espectáculo. Lucena corrió con las coreografías y Adela Prado con el maquillaje.

Los textos de Antínoo integran el repertorio de Havanafama desde hace más de tres décadas. Entre los títulos más aplaudidos figuran Cleopatra, Drácula, Fresa y chocolate, Viejas, vírgenes y p…. • 

‘La Cenicienta en Hialeah’, Havanafama Teatro Estudio, 752 SW 10 Ave. Funciones: sábados, 8:30 p.m. y domingos, 6 p.m. (786) 319-1716

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